El arte de los aqueménidas o persas
Con Aquemenes y después con Ciro, Cambises y Darío, los aqueménidas (persas) establecieron y extendieron su poderío sobre el Próximo Oriente y toda Asia hasta la India. Entre los siglos VI y IV aparece, principalmente en los palacios de Persépolis, en Irán, y de Susa, en Elam, un arte cortesano que exalta el poder de los soberanos de este inmenso imperio. La meseta de Irán estaba poblada por tribus de medos y persas que se aliaron para vencer el dominio asirio. Aquemenes (700-675 a.C.) fue el fundador de la dinastía de los aqueménidas y, bajo la dirección de los medos, luchó contra Senaquerib II de Asiria. Su nieto, Ciro I, consiguió reagrupar a las tribus persas y vencer al rey de los medos. Entre los siglos VI y fines del IV a.C. se unificó la zona y Ciro II el Grande (558-528 a.C.) la convirtió en un imperio, conquistando el territorio medo e imponiendo su hegemonía en todo el Irán. Posteriormente, conquistó Asia Menor, sometió las ciudades griegas de la costa y, en el año 539 a.C., conquistó Babilonia. El imperio finalizó en el 330
a.C., al ser incorporado a los dominios de Alejandro Magno. Con el rey Darío I (521-486 a.C.) los aqueménidas alcanzaron su máximo desarrollo al dominar Egipto, la región del Indo, Tracia y, por último, Macedonia. Pero, con Artajerjes II (404-358 a.C.) y Darío III (rey de Persia entre el 335 y 330 a.C.) el imperio perdió definitivamente su esplendor. El poder de los aqueménidas se basó en una monarquía absoluta de carácter teocrático. Los principios de la religión mazdeísta, que predica una moral basada en la elección entre el bien y el mal, fueron utilizados por la monarquía dirigente para sus intereses políticos. La cultura aqueménida recibió numerosas influencias y su arte se vinculó al de las civilizaciones mesopotámicas de donde tomó los elementos básicos, que reelaborados, adquirieron una impronta nueva, inequívocamente persa. El arte aqueménida es, pues, un reflejo de lo que fue el imperio persa: un conglomerado de razas, pueblos, culturas y también religiones. Entre las peculiaridades de este arte cabe destacar el ritmo austero en la composición y también la impronta áulica, cuyo fin es glorificar al monarca.











