La arquitectura palaciega mesopotámica

La arquitectura palaciega mesopotámica
El progresivo aumento de poder de los palacios en la organización de la vida urbana cristaliza en una arquitectura que ha de cumplir una doble función. Por un lado el palacio era la mansión en la que vivía el soberano y, por otro, el centro de administración de la ciudad. La tipología palaciega quedó establecida durante el II milenio a.C., en los palacios babilónicos, aunque ya existieran este tipo de construcciones desde el período protodinástico. A mediados del III milenio a.C., comienzan las primeras edificaciones palaciegas, de las que se han encontrado restos en las ciudades de Eridu, Kish y Mari. Se trataba de estructuras que reproducían el módulo de las viviendas familiares, pero que presentaban escalinatas, columnas y elementos ornamentales. El palacio es la plasmación más directa de un poder organizado, capaz de sustentar un gran centro administrativo y una corte. Pese a la variedad de pueblos que habitaron Mesopotamia, los palacios reprodujeron siempre la misma estructura modular básica. Los palacios constituían grandes complejos arquitectónicos, eran ciudadelas protegidas por una o varias murallas dentro de la gran ciudad. Tenían numerosos sectores que se articulaban en torno a un patio central. El acceso al interior se realizaba a través de una única puerta de entrada y, una vez dentro, se distinguían dos amplios sectores, uno público y otro privado. El espacio público, destinado
al ejercicio de la administración, contaba con numerosas salas oficiales, almacenes, talleres, viviendas para los trabajadores y zonas de servicios. El espacio destinado a la familia real y a sus servidores tenía un núcleo central que reproducía la planta de una vivienda acomodada. Las estancias rodeaban patios que disponían de habitaciones suntuosas e incluso baños. En ambos sectores, se intercalaban patios abiertos que permitían la entrada de luz al interior. A partir del siglo XIX a.C., Mari, ciudad del Éufrates medio, alcanzó un gran desarrollo como centro político y económico. El palacio de Mari tuvo su máximo esplendor en el siglo XVIII, durante el reinado de Zimri-Lin, época en la que se convirtió en un monumental complejo, debido a la constante sucesión de construcciones añadidas, por lo que se transformó completamente el núcleo original. El palacio se convirtió entonces en una estructura con multitud de patios, alrededor de los cuales se distribuían unas trescientas salas, dotadas con todo tipo de refinamientos, como baños, calefacción mediante chimeneas, biblioteca, cocinas con cámaras frías y palmerales ambientando los patios. El palacio fue destruido por Hammurabi, sin embargo han quedado restos importantes de sus pinturas murales y su rico archivo. Los belicosos asirios convirtieron sus palacios en ciudadelas amuralladas inexpugnables -con los templos incorporados como parte del conjunto palaciego-, provistas de salas con plantas rectangulares y cubiertas por bóvedas.
Abundan los patios interiores, intercalados entre las habitaciones, por los que entra la luz. Para aumentar la claridad se instalaban celosías en las zonas más altas de los muros. Éstos eran de ladrillo y estaban decorados con relieves en las salas principales y en los patios y con pinturas murales o ladrillos esmaltados en el resto de las estancias. El suelo estaba pavimentado con losetas de piedras calcáreas. Sargón II construyó su palacio en la capital de nueva planta, Jorsabad (siglo VIII a.C.). La ciudad estaba rodeada por una muralla con siete puertas de acceso, tres de ellas flanqueadas por estatuas de toros alados y genios protectores. El palacio, que ocupaba el sector noroeste, se construyó sobre dos terrazas de diferente nivel con su propia muralla. El acceso se hacía por una rampa que daba entrada a un gran patio. En la zona oeste se situaba el complejo religioso con seis templos y un zigurat de planta cuadrada. Tras el patio principal, se encontraban las estancias de la residencia privada y, a continuación, el sector oficial con la sala del trono, precedida por un patio decorado con grandes relieves. La entrada al salón del trono estaba flanqueada por un friso en relieve de toros androcéfalos y héroes míticos, que dejaban paso a una larga estancia rectangular decorada con pinturas. En uno de los lados estrechos, se encontraba el sitial de piedra, ante un gran relieve. El efecto escenográfico que producía el recorrido que conducía ante el rey tenía por objeto evidenciar la magnificencia del soberano.
Apenas quedan restos para reconstruir el palacio de Nabucodonosor II (siglo VII-VI a.C.), que ocupaba la zona norte de Babilonia dentro de un recinto amurallado. El Salón del Trono es la pieza más completa. Los muros están decorados con ladrillos vítreos; el sitial del rey ocupa la pared larga de la sala. En la zona occidental del palacio se situaban los Jardines Colgantes, construidos en terrazas de diferentes niveles, que se apoyaban sobre dos pisos de bóvedas de cañón excavadas en el subsuelo.