La plasmación de la cabeza
Puesto que las estatuas están destinadas a sustituir al orante, la cabeza es la protagonista absoluta de
la figura, ya que ésta es la parte del cuerpo más característica de una persona. La cabeza, gracias a los rasgos del rostro, expresa la personalidad. Al cuerpo no se le presta demasiada atención, sirve en realidad de pedestal para colocar encima la cabeza. El rostro tiene un tratamiento plástico esmerado, regido por unas convenciones que uniformizan los modelos y no permiten reconocer a individuos concretos. Los ojos tienen la córnea de concha marina y el iris de lapislázuli o betún, colocados sobre una cuenca de brea. El efecto que produce el conjunto es el de unos ojos enormes, casi desorbitados, implorantes y aterradores. Son además ojos inquietantes, debido a la ausencia de párpados. La mirada adquiere la máxima importancia pues a través de ella el devoto muestra su ruego. Las cejas se incrustan con lapislázuli; la boca está cerrada y el pelo simplificado en formas geométricas; el semblante adopta una expresión seria, severa, un tanto rígida. Los rasgos étnicos están perfectamente diferenciados en las formas. Éstas son robustas y algo achaparradas en el tipo sumerio; presentan además una cabeza grande y afeitada y nariz aguileña; otras son más estilizadas y tienen una barba larga con cabello rizado, de tipo semita.











