La representación humana en la escultura mesopotámica

La representación humana en la escultura mesopotámica

La plasmación de la cabeza Rígidas indumentarias y ausencia de anatomía
La escultura mesopotámica responde a la necesidad de reafirmar la presencia de la figura en el espacio para situarla ante los dioses. No se capta, por lo tanto, un momento de acción pasajero. Esta concepción se materializa en una estatua bloque, inmóvil, que parece atrapada en la masa pétrea. Los rasgos más importantes se reducen a formas esquemáticas y los volúmenes se crean para acentuar la tridimensionalidad. Las masas se distribuyen alrededor de un eje axial en perfecta simetría. La estatua se plasma en una figura geométrica, semejante a un cilindro o un cono, a la que el cuerpo se adapta. Estas formas confieren unidad a las figuras y las hacen homogéneas. Las estatuas son siempre individuales: figuras aisladas que suelen estar en posición sentada o de pie, inmóviles o con un pie adelantado. Los pies son muy robustos y se representan paralelos sobre una base circular. Los brazos se sitúan a lo largo del tronco o, lo que es más habitual, apoyados sobre el pecho con las manos cruzadas. Los miembros, dispuestos de esta forma, acentúan la redondez de la masa trapezoidal que predomina en todas ellas. Abundan las representaciones masculinas. Las figuras femeninas, en cambio, son menos frecuentes y de peor calidad.